Querido Marcelo:
Te escribo no
solo para desearte éxito en tu futuro lejos de la camiseta azul que amamos,
sino también para contarte porque me representas como persona.
Tengo 35 años y he sido hincha de la Universidad de
Chile desde el primer segundo de vida. Mi padre me ayudó a sentir amor y
lealtad por una camiseta que en aquella época solo sabía regalarnos
frustraciones y pena, pero infinita pasión y deseos de ver la luz al final del
túnel. Con mi padre viví las jornadas
dobles en el Santa Laura, los desmanes en el estadio de La Cisterna, los
clásicos sin esperanza alguna, las copas y las fiestas en la vereda del frente
que se sentían como si las casas de al lado celebraran el año nuevo mientras tu
casa está a oscuras por no pago de la luz. Esa era la U que me enamoró y me
mantiene enamorado. La U que arrienda, como yo; la U a la que todo le cuesta el
doble, como a mí; la U que celebra los triunfos como si fueran los últimos.
La gloria de
nuestra U volvió casi junto con la democracia a nuestro país y eso no se puede
dejar pasar. Fue como un designio de que los tiempos oscuros pasan, como pasa
el hambre o como se acaba el llanto. Tuve la suerte de ser adolescente cuando
levantamos la copa en el norte y lloraba con mi hermano en esa caravana hermosa
y bicolor por la Alameda. Pude disfrutar los bicampeonatos con mis amigos, odiar
al mundo por el robo de Argentina, gritar en vivo y en directo los goles del
Matador, admirar las jugadas del Leo, sentir el llanto de Vargas y aplaudir sus
tapadas mágicas. Pude al fin, en mi adolescencia, lucir mi primera camiseta
“original”. Crecí. Ahora soy profesional y creo que sigo igual: Un eterno amante
de la camiseta azul.
Hoy mi padre
ya no está y aún lo extraño en el estadio. Pero su ausencia me hace sentir responsable
de enseñarle a los miembros más pequeños de mi familia, hijas, sobrinos, primos
y amigos sobre la importancia de no “ser” de la U, sino “vivirla” con orgullo;
y es ahí donde aparece tu imagen: Marcelo Díaz no es un ídolo tocado por Dios, es
un ídolo tocado por la vida. Marcelo Díaz no fue nadie, fue rechazado y vuelto
a ser recibido. Se sacrificó, le venció a su destino, mejoró, se juramentó
superarse, lo hizo, se ganó su espacio en la historia y en cada uno de los que
llevan a la U bien puesta. Hoy lamentamos su partida y ansiamos su regreso como
si fuera un hermano que viaja a estudiar al extranjero luego de dar vuelta su
propio partido.
Eso eres Marcelo; el hermano que se va, el
amigo que se cambia de casa, el ídolo que según todas las cartas, pronósticos y
oráculos nunca debió ser. El mensaje perfecto para quienes no tienen casa
propia, no han terminado sus estudios, para los que no llegamos a fin de mes y
nos vemos sobrepasados por problemas o tienen un desafío que a la vista parece
imposible de “dar vuelta”.
Cuando vuelvas
a la U nos encontrarás un poco más viejos, pero sentados en la puerta 10 (ojalá
de nuestra propia casa, sino no importa) o en cualquier zona de la galería apoyando
con el mejor humor y con pura esperanza a un equipo que nunca ha tenido nada
fácil y que nos regala días hermosos de tanto en tanto, para que no olvidemos
que el éxito también puede salpicar al que lucha, al que cree.
El mejor de
los éxitos Marcelo.
@zurdo_pensante
@zurdo_pensante
