
Quiero escribir estas palabras a ustedes sobre los presidentes de Chile que respeté y admiré desde que tenía 12 años, a los presidentes de la concertación. Patricio Aylwin le devolvió la dignidad no solo a un país destruido y en llamas, también a mi familia. Jamás olvidaré el día en que asumió y mi hermano lloraba en mi hombro de niño en Teatinos con la Alameda, mientras los papeles picados caían desde lo alto de las torres, yo también lloré, sin tener demasiada conciencia del momento que vivía. Gracias al “Pato” mi padre se levantó de su cama y dejó la depresión que lo ahogaba tras ser exonerado de Gendarmería por ser un hombre justo y respetuoso de los derechos humanos, incluso alabado por Clotario Blest. Fue reintegrado con la gestión de Enrique Krauss. Mi madre, dejó de cocinar con leña y de vender botellas para alimentarme a mí y a mis hermanos, consiguió un puesto en un Liceo municipal, que solo ha dejado hace unos días para jubilar. Patricio Aylwin me dio la esperanza de que todo iba a ser mejor, Nunca olvidaré ese Estadio Nacional lleno escuchando sus palabras, y él intentando unir a civiles y militares en un Chile renaciente.
Eduardo Frei fue un presidente serio, que recibió muchas bromas y se encargó de limpiar la imagen de un Chile visto con ceño fruncido desde afuera. No viajó tanto como los humoristas presumen ni lo hizo tan mal como los derechistas quisieran. En su mandato entré a la Universidad, tal vez por eso no recuerdo mucho de él. Mis neuronas (y mis hormonas) estaban ocupadas en otra cosa. Es el Presidente Honorario del club de mis amores, y es por eso que lo comparo con un mediocampista, cuyo trabajo es imprescindible pero poco vistoso. Su mandato le dio dignidad a mi hija, quien ahora tiene los derechos de cualquier niño nacido dentro del matrimonio; no es un legado menor.
Ricardo Lagos es tal vez a quien admiro más. Tenía una postura y un hablar digno de un padre cariñoso pero muy estricto. Imponía respeto con su presencia, jamás se me ocurriría rebatirle nada y ante una discusión saldría de su oficina con la cola entre las piernas, pero era justo, claro, valiente. Como olvidar el mensaje de su madre al asumir “en que te estás metiendo Ricardito”, que saliera tan nítido en la transmisión televisiva. Como olvidar que le dijo que NO al poder de Bush, como olvidar que lloré cuando dejó el poder. Lo extrañaría, como extraño a mi viejo hoy. En su mandato me titulé y comencé a enseñar en los colegios más pobres de Santiago, con orgullo de mi título, aquel que ninguno de mis cinco hermanos había logrado.
Michelle Bachelet comenzó con todas las trabas habidas y por haber de una derecha machista y envidiosa del hito que Chile había forjado. Celebré su triunfo en la alameda en un ambiente de alegría, con tambores, bailes, mujeres, muchas mujeres rebosantes de orgullo, con mi mujer –siempre desinteresada de la política- gritando a toda voz. Michelle es mi hermana y mi madre al mismo tiempo, es el triunfo de la verdad y la justicia frente a los celos del monstruo verde derechista. Es quien termina esta crónica. En su mandato me casé y tuve a mi segunda hija, en su mandato mi padre se fue, en su mandato maduré y pase la barrera de los treinta.
Siento pena pues crecí con estos cuatro presidentes. Creo que en cuatro años me volveré muy viejo y miro con nostalgia esos años de paz. No quiero aquellos tiempos otra vez: con mi hermano mayor apaleado en su cama y mi madre cocinando patas de pollo para vivir, o con un paco apuntándome con un fusil en la cabeza durante un operativo. Los mejores momentos y recuerdos de mi vida los viví con la concertación, no con la derecha en mi niñez.
Cuatro años no es nada, solo espero que no sean un largo invierno; como lo presagió la naturaleza hoy.
Fuerza y alegría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario